Y nos tocó jugar al futbol Publicado en Mayo 21, 2004 En 1948, cuando tuve uso de razón, me encontré con que el deporte de las multitudes era practicado en el pueblo por los estudiantes del Colegio de Jesús, que cursaban quinto año de primaria y primero de bachillerato. El rector, mi padre Carlos Agustín Mena Rivera, y el profesor Hernando Restrepo Macías continuaban una vieja costumbre de organizar las caminadas de los miércoles por la tarde a la finca “La Manguita” de Doña Guadalupe Uribe de Villa, situada al otro lado del morro de la Manga del Hoyo, donde elevábamos nuestras cometas ayudados por los vientos de la tarde. El objetivo de las caminadas era la práctica del fútbol en dos pequeños llanos cercanos al morro, y en los que apaciblemente pastaba el ganado durante el resto de la semana. Para cumplirlo, los estudiantes subían la empinada cuesta de la manga por un estrecho sendero, organizados en fila india como hormigas, en la que al final aparecían mi papá y Don Hernando con sus ruanas terciadas al hombro. Una vez en el sitio de contienda, los de mayor estatura eran asignados para jugar en uno de los llanos y los más pequeños iban al otro. Las porterías tenían siete pasos de longitud, medidos rigurosamente por Don Hernando, quien a veces servía de árbitro en las querellas que pudieran suceder. Pilas de estiércol seco del ganado servían para señalar la ubicación de las porterías. Las líneas del campo eran imaginarias y se extendían hasta los vecinos matorrales de helecho y moreras, donde anidaban los sinsontes. Los partidos tenían largas interrupciones, cuando el balón rodando a grandes zancadas, se escapaba por las faldas a las quebradas de agua vecinas, donde otros estudiantes pescaban briolas y capitanes en silencio. Ante la falta de la pelota, todo se convertía en recocha y el campo de fútbol parecía un carnaval con la alegría de la turba estudiantil. Para matar el tiempo, mi papá y Don Hernando se tendían en sus ruanas a la sombra de una inmensa y frondosa acacia, por lo menos con cien años de vida, amiga también del ganado, al que albergaba en las frías noches o durante las súbitas granizadas que subían desde el cañón del Río Cauca. Leían la revista Semana, contemplaban el hermoso paisaje salpicado de montañas inmensas y predecían el futuro de la Patria ante el asesinato del Caudillo Liberal Jorge Eliécer Gaitán en la Carrera Séptima de la Capital, mientras los inocentes estudiantes corrían detrás de la pelota de cuero. En 1951 llegó a la escuela urbana de niños Antonio José Restrepo, el maestro Don Marcos Cardona, un ex-seminarista de San Pedro, conocedor de las reglas de juego del amado deporte. Don Marcos posteriormente pasó al Colegio, y allí se asoció con el profesor de matemáticas Miguel Ángel Garcés para comenzar a dictar clases teóricas sobre el fútbol, y en las caminadas, comenzaron a trazar las principales líneas de la cancha con el uso de la cal. Identificaron los mejores jugadores del colegio, y pronto la selección del plantel educativo comenzó a enfrentarse a otro equipo formado por empleados del gobierno y otros habitantes del amado terruño, a quienes se denominó “Equipo de la Calle”, en partidos celebrados ante numeroso público en la misma “Manga de la Manguita”. A principios de los años 50 se comenzó la construcción del edificio que hoy ocupa el hospital, que fue suspendida por falta de fondos al corto tiempo, quedando todo en obra negra sin terminar. El gobierno municipal decidió entonces techar una parte del edificio para dar albergue a familias desplazadas de sus parcelas por la guerra fratricida que se desató entre los colombianos, denominada “La Violencia”, y que llegaban a la plaza en busca de algún socorro. El resto, con sus innumerables piezas y escaleras, lo usábamos los estudiantes de la escuela para organizar guerras lanzando piedras con las caucheras y grapas de alambre, que zumbaban como abejas en los estrechos corredores de altas paredes. Con el gobierno del General Rojas Pinilla llegó la plata para terminar el edificio, los balones número cinco de cuero para todos los muchachos a través de la institución gubernamental SENDAS, y el progreso del fútbol. Comenzó el arribo de los trabajadores para continuar la labor de la construcción, quienes provenían de los barrios La Toma y Antioquia de Medellín. Pronto, en el pueblo sólo se hablaba de las proezas en la cancha del estadio Atanasio Girardot de los héroes del Deportivo Independiente Medellín [DIM] encabezados por José Manuel Moreno y Pedro Roque Retamozo y los malabaristas del Atlético Nacional de Miguel Juan Zazzini y Humberto “Turrón” Álvarez. Estos morochos, de cuerpos atléticos, enseñaron las técnicas del dribbling, de mover la pelota a ras del suelo, de la muerte de la pelota con el pecho al estilo del genial brasilero del Junior de Barranquilla Heleno Da Freitas, y de su caída súbita durante un tiro libre, como la ‘hoja seca” del inolvidable Didí, el del Botafogo de Río de Janeiro. Diariamente, desde las 5pm hasta el anochecer, se organizaban picados en lo que quedó de la Manga del Hoyo, al lado de la casa del herrador de las caballerías Pedro Vásquez, cuyo hijo mayor del mismo nombre era el dueño del balón. La reverencia por estos nuevos héroes de carne y hueso fue tan grande que sus verdaderos nombres fueron olvidados en toda la comarca y sólo se conocían como Don León, Melchor, Dellacha [en honor al capitán de la selección de Argentina que cayó tristemente en el mundial de Suecia] y Sívori, el endiablado cabezón del River Plate, quien jugaba con las medias caídas para retar a sus contrarios. Por esta época de 1956 ingresé al Colegio para cursar quinto año de primaria y con una pasión sin límites formé parte de las huestes de los futbolistas. Terminado el edificio del hospital, alrededor de 1957, los maestros de la pelota se marcharon a continuar labores constructivas en el Liceo de Urrao, y en el pueblo quedamos a la espera de lo que pasaría en el triste domingo de la contienda entre el Deportivo Concordia y el Deportivo Urrao. Por ese mismo año, llegó como alcalde el Sr. Francisco Tobón, a quien los parroquianos llamaban Don Pacho. Era un hombre alto, delgado, cuyos ojos azules le daban pinta de gringo. Además, actuaba rápidamente como los del Norte y su lema era:”Lo dicho, hecho”. Amante del deporte, se propuso dejarnos una cancha de fútbol. Para ello, firmó un contrato con el Ministerio de Obras Públicas de alquiler del buldózer encargado del mantenimiento de la carretera de Concordia a Bolombolo. Según el convenio, el bulldozer trabajaría ocho horas cada sábado durante todo el tiempo que fuera necesario para remover la tierra y formar la esplanada para la cancha, en una falda aledaña al corral del ganado del matadero municipal. A su vez, el municipio pagaría a la nación 50 pesos por hora de trabajo. El regocijo de los futbolistas fue inmenso cuando el primer sábado, el buldocero Muñoz comenzó con su máquina a abrir la corta carretera que iría desde la entrada del matadero hasta el sitio de! signado para la cancha por el personero municipal Don Pedro Luis González. Pronto, los sábados se convertirían en días de peregrinación para medir minuciosamente los centímetros que el buldózer iba añadiendo a la barranca perpendicular del costado norte. Unos llegábamos en bicicleta desde la plaza en las horas de la mañana, otros arribaban en los carros que viajaban a Betulia y Urrao, y finalmente, otro grupo llegaba rezagado y a pie, después de parar en la cantina de Julia, en el cercano barrio de tolerancia. Con impaciencia mirábamos el lento trajinar del buldózer, y para calmar los ánimos rumbaba la bebida embriagante “pipo”, preparado sigilosamente durante la noche anterior por el sastre Humberto “ Quincho” Quiroz. Una vez terminada la cancha, se instalaron sus dos arcos de madera sin mallas para detener la golosa pelota después del grito de gol, y su desnudez se acentuó ante la falta de graderías para el público o camerinos para los deportistas. La ocupamos sin ningún acto oficial de inauguración, tampoco se le puso nombre de algún político rimbombante, ni quedó récord del primer partido de fútbol que allí se jugó. Simplemente la llamamos “ La Cancha”. La visité por última vez en los años 80 y me pareció que estaba lo mismo. Por la misma época, el Dr. Darío Morales trabajaba como odontólogo en el centro de salud del municipio. El Dr. Morales, egresado de la Universidad de Antioquia, había jugado fútbol en la selección de su Alma Mater y conocía a fondo la organización de un club deportivo, la que había aprendido en su barrio Belén de Medellín. Así pues, el Dr. Morales y el Alcalde Don Pacho emprendieron la organización del club Deportivo Concordia, cuya junta directiva quedó integrada así: Presidente: Martín Sánchez, administrador de la Farmacia Santa Clara, buen deportista que además apoyaba el ciclismo. Vicepresidente: Jesús Bolívar, fotógrafo oficial de todas las primeras comuniones, matrimonios y demás actos sociales celebrados no sólo en la cabecera municipal sino también en todas las veredas. Secretario: Raúl Noreña, sastre recién llegado al pueblo. Tenía buena labia para atraer a los parroquianos, quienes formaban corrillo para escuchar sus disertaciones políticas. Tesorero: Jesús Tangarife, secretario de la Caja Agraria. Gran admirador de la guaracha y el son cubano. Vocales: Miguel Ángel Garcés, y Humberto Quiroz. En el primer acto oficial, la junta decidió que el equipo luciría los colores blanco y negro. Los uniformes, con camiseta de color blanco con mangas cortas de color negro y la pantaloneta negra, fueron confeccionados en la sastrería del Sr. Joaquín Vasco por sus hijos Róger [Caíto], y Joaquín. Las medias negras fueron compradas en el almacén de artículos deportivos El Toro de la ciudad de Medellín, Como entrenador-jugador se nombró a Oscar Pareja, quien inmediatamente anunció que el equipo entrenaría los miércoles por la tarde, y jugaría partidos de fogueo contra recochas formadas por otros concordianos los sábados a partir de las 2pm. Con la casa en orden, comenzaron los preparativos para el ‘debut' oficial. Las grandes potencias futbolísticas del suroeste antioqueño como Jardín, Andes, Fredonia, Venecia y Urrao se negaron a visitar al desconocido Deportivo Concordia. Además, corría el rumor de que en “Filo de hambre” todo era loma y no había cancha para ninguna contienda de peso. Por fin, entre ruegos y llamadas telefónicas, el Deportivo Urrao aceptó recibir en su casa a nuestro naciente equipo, que debería pagar todos los gastos del viaje. Para el translado a Urrao se contrató la camioneta de Tino Ortiz, a un costo de cien pesos. El dinero fue recolectado por las hermanas Ligia y Margarita Cano, quienes para hacerlo, un domingo después de la misa mayor engalanaron las camisas de los paisanos con pequeñas insignias de tela sujetadas con alfileres. Por fin llegó el domingo del anhelado partido. La camioneta salió de la plaza a las 5am del mismo día, llevando a los integrantes del equipo con sus maletines llenos de esperanza. Durante la mañana, los pasajeros de los carros que viajaban en dirección contraria, nos informaron de la horas y los sitios donde habían encontrado la veloz camioneta. Durante la tarde, a la hora del partido, se nos pusieron los pelos de punta a todos los que esperábamos alguna noticia en el kiosko de la plaza. A la media noche, llegaron los vigías apostados en Ventanas asegurando que la camioneta venía de regreso por El Brechón. En seguida, arrivó a la plaza con las luces apagadas, lo que ahuguraba un mal resultado. Los integrantes del equipo se bajaron con sus cabezas agachadas y de inmediato marcharon a sus casas, dejando atónita a la multitud que agitaba pañuelos multicolores. Al poco rato, uno de ellos susurró:”Perdimos 10-0 [léase bien, diez a cero] pero los bailamos de lo lindo. Nos encontramos con un equipo urraeño formado por todos los trabajadores de Medellín que habían terminado nuestro hospital. El llamado Sívori nos hizo hasta para vender”. Ante estos hechos, el pueblo se cubrió de luto, las lluvias torrenciales abrieron boquetes inmensos en la cancha, los derrumbes de tierra de la la barranca perpendicular amenazaron con cubrirla y destruírla, y los discos del cantante Bienvenido Granda de la Sonora Matancera dejaron de escucharse durante un mes en el Café Respin de Don Suso Betancourt. Supimos que los siguientes jugadores concordianos habían participado en el descalabro inicial: Abelardo Cano. Portero. Ex-seminarista y estudiante del Colegio. Conocido como “Canito”. Hijo del carnicero Don Abelardo Cano y hermano de Ligia y Margarita. De pequeña estatura pero ágil. Volaba de palo a palo y era comparado con Gabriel Mejía Lopera, portero del Atlético Nacional, apodado “El mico”. Julio “ el telegrafista”….. Defensa central rápido y atlético. Había jugado en el Deportivo Jardín, bajo la dirección técnica del Mariscal Alberto Villa, uno de los integrantes de la “Danza del Sol” del DIM. Hernán Echeverría. Defensa lateral. Promotor de salud del municipio. Alto, lento, y tieso de la columna vertebral. Humberto “Quincho” Quiroz. Volante derecho, nacido en Santa Fe de Antioquia, ayudante de sastrería de José “Pichinares” Hernández. Pasado de años para jugar al fútbol. Recio en el juego, tenía fama de quiebra patas. Murió en Medellín de un infarto al corazón, según me dijo Pichinares en mi última visita al pueblo. Miguel Angel Garcés Vélez. Centro medio. Profesor del Colegio. Pesado, lento y falto de estado fisico. Las rodillas ya le traqueaban y apenas medio podía trotar durante 20-25 minutos. Jugaba con una venda elástica en el muslo derecho, lo que indicaba una vieja lesión. José Vásquez. Volante izquierdo. Andino. Hombre maduro muy amigo del aguardiente. Los guayabos permanentes apenas si lo dejaban caminar en la cancha. Sudaba a chorros una combinación rara que contenía pipo. Fabio Mesa. Puntero derecho. Estudinte del Colegio. Hábil pero muy débil para enfrentar a los defensas contrarios. Había jugado fútbol en el Colegio de Aranjuez en Medellín. Su hermano menor Oscar, apodado “Maravilla”, deslumbró a propios y extraños por su manera exquisita para cobrar un tiro de penalty. Leonel Moyano. Interior derecho. Concordiano residente en Medellin. Su padre, chofer de profesión y apodado “Mirey”, pasó el remoquete a sus hijos incluído nuestro Leonel. De buena estatura, pero flaco como el cómico mexicano Tintán. Buen dominador del balón, hablaba y alegaba con todo el mundo durante todo el partido. Ceferino Pareja. Centro delantero. Hijo del olvidado trovador del pueblo, el colchonero Don Antonio Pareja. Había sido agente de la policía en La Pintada, donde jugó en el equipo local. Callado y tímido. Corría velozmente y pescaba todas las pelotas que llegaban al área de candela. Sonreía cuando le decían que se parecía a Vavá, el certero brasileño de la selección campeón del mundo. Oscar Pareja. Interior izquierdo. Hermano menor de Ceferino. Había regresado del servicio militar obligatorio con cualidades de líder. Tenía un gran dominio del balón y era certero en el cobro de los tiros libres, que los ejecutaba con efecto y de chanfle para esquivar la barrera contraria. Se movía en la cancha como sus ídolos Turrón Álvarez y Jairo Tapias, interiores del Atlético Nacional. Excelente amigo, me enseñó el gusto por el tango, y en especial por la música del maestro Ricardo Tanturi y su cantor Enrique Campos. Oseas Ochoa. Puntero izquierdo. Profesor del colegio y ex-jugador del Once Andino. Recio y de gran físico que le permitía correr todo el partido pegado a la raya. De disparo súbito y rastrero. En algún momento u otro del partido también jugaron: William Vásquez: El mejor defensa del colegio. Rápido, a veces rudo. Jugador zurdo de gran potencia al patear el balón. Leonel Parra. Medio campista. Hornero en la panadería de Don Atanasio García. Joven y con mucho pulmón para correr durante todos los 90 minutos del partido. Adolfo García. Delantero. Conocido como “El profesor”. Estudiante de la facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Antioquia. Hijo mayor de Don Atanasio García. Tomaba café como un loco. Temeroso de lesionarse, muy pocas veces disputaba el balón con los contrarios. Con sus hermanos menores Orlando, Wilson y Nelson jugué en el equipo entonces denominado “Juvenil”. A principios de los años 60, los integrantes del equipo, con pocas excepciones, emigraron del pueblo en busca de otras oportunidades. En 1961 yo también salí para continuar estudios de bachillerato en el Liceo Antioqueño de la Universidad de Antioquia en Medellín. Desde entonces, el destino del deporte de las multitudes quedó en manos de nuevas generaciones. Hernando. Escrito en Washington durante los días de Navidad y Año Nuevo, 2002. |
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